jueves, octubre 09, 2008

Valientes esperanzas

Me encontré con una carta escrita por un judío de Bagdad en el año 1940 que me pareció importante compartir con ustedes.



Memoria: "Hablando Judeo-Arabe en compañía mixta" (Bagdad, 1940)

La cafetera había ya dado otra vuelta y estábamos todos sosteniendo tazas de café amargo cuando Nessim entró...

Nos juntamos en el Café Yassine cada tarde, haciendo planes para el futuro basados en nuestra lectura del día. Era un debate sin fin que recomenzábamos noche tras noche. Estábamos dolorosamente marcando nuestro camino, cada uno de nosotros buscando en la aprobación de los demás una confirmación de los dictados de su temperamento; y bajo la excusa de discutir el futuro de nuestra cultura, estábamos defendiendo nuestros primeros escritos.

Aquella noche fue marcada por una nota inusual. Nessim habló en el dialecto judío. Nosotros éramos los únicos judíos en el grupo. Todos los demás, excepto por un caldeo y un armenio, eran musulmanes y su dialecto servía como nuestro lenguaje común. En Irak la presencia de un solo musulmán en un grupo era suficiente como para que su dialecto se impusiera. ¿Pero era un dialecto verdadero? Todos nosotros - judíos, cristianos, o musulmanes - hablábamos árabe. Habíamos sido vecinos por siglos. Nuestros acentos, ciertas palabras, eran nuestras marcas distintivas. ¿Por qué los cristianos utilizaban ciertas palabras? Nos decían que de esta manera estaban perpetuando los rastros de su orígen nórdico. Pero entonces los musulmanes nórdicos, aquellos de Mosul, deberían haber hablado como cristianos. La manera judía de hablar estaba salpicada con palabras hebreas, a causa de una larga relación con la Biblia y las plegarias. ¿Pero cómo explicar la presencia de palabras turcas y persas en nuestro dialecto? Habríamos tenido mayor contacto con los invasores y peregrinos que con los beduinos. ¿Y entonces qué pasaba con los musulmanes que durante la era otomana fueron forzados a aprender, no árabe, sino turco en la escuela?

Teníamos sólo que abrir nuestras bocas para revelar nuestra identidad. El emblema de nuestros orígenes estaba inscripto en nuestro lenguaje. Eramos judío, cristiano, y musulmán, de Bagdad, Basora, o Mosul. Teníamos un lenguage común, el de los musulmanes de la región. Una fuente inacabable de confusión y mofa cruel. ¿Qué mejor entretenimiento para un joven musulmán que escuchar a una vieja mujer judía de la sección pobre de Abou Sifain hablando a un funcionario musulmán? Ella pronuncia mal varias palabras judías, siguiéndolas con un par de expresiones musulmanas comunes. Con muchas contorsiones de la boca, sólo consigue finalmente hablar mal en su propio dialecto. El efecto es inevitablemente cómico.

Judíos semi-literatos siempre adornan sus frases con uno o dos términos musulmanes cuando hablan con otros judíos. Tomar prestadas algunas pocas palabras de los musulmanes probaba que uno había tenido trato con ellos, que uno se asociaba con ellos, y que uno no estaba satisfecho con la pobre compañía de otros judíos. Los judíos ricos no estaban menos avergonzados de su acento, y nunca perdían la oportunidad de deslizar unas pocas palabras en inglés o francés en su conversación. Un niño que llamaba a su padre "papa" o "daddy" tenía ya asegurado una aristocracia en el futuro.

Los musulmanes tomaban prestado sólo del lenguaje literario. No sentían la necesidad de emitir un juicio desfavorable sobre su dialecto. Y usaban los dialectos de los judíos y cristianos sólo para divertir a las visitas. Una palabra típicamente judía en boca de un musulmán era sinónimo de mofa. En los círculos intelectuales emancipados ni se pensaba tomar prestado del acento judío y mucho menos en burlarse de él.

Era fuera de lo común, entonces, que Nessim hablara en su propio acento entre tantos musulmanes. ¿Era otra broma? No, no estaba hablándome exclusivamente a mí. Ni siquiera me estaba mirando. Estaba habláandole a Nazar, Said, y los otros.

Era muy importante no darle mucha importancia a este nuevo capricho. Todos tácitamente querían atribuir este arrebato de dialecto cómico a la naturaleza jocosa de Nessim. No tenía importancia. Sobre todo, debemos cuidarnos de darle cualquier importancia especial a esta chanza.

Nessim perseveró, con la cara seria. Era como si hubiera estado eligiendo especialmente todas las palabras judías que de ordinario hacían reir a los musulmanes. Imperturbable, alegó el caso de Balzac y habló de su entusiasmo por Stendhal, a quien había descubierto recién. Como un cobarde, elegí el silencio. Todavía demostrando todo su entusiasmo por la novela francesa, me llamó a participar. Finalmente me hizo una pregunta directa. Era inútil que intentara escapar. El persistiría.

Elegí un curso intermedio. Mis palabras no eran ni las de los judíos ni las de los musulmanes. Hablé en árabe literario, el árabe del Corán. Entonces, en un tono altanero y con furia contenida, Nessim me corrigió: "Querés decir..." Y entonces traducía a un dialecto judío perfecto. Apretó los labios en un gesto de odio. Exageró nuestro acento. Podía ver en su rostro una mezcla de pena y lástima. Yo lo estaba traicionando. Tenía verguenza de pronunciar en la presencia de otros las palabras de la intimidad, del hogar, de la amistad. Nessim me estaba forzando a tomar posición contra la solidaridad del grupo. No podía rechazar nuestro lenguaje común sin humillarme a mí mismo. No era ya el lenguaje de la amistad, sino del clan. Me escuché a mí mismo, y las palabras judías sobresalieron en toda su extrañeza, fríamente desnudas. Mis oraciones estaban congeladas. Pero las pronuncié. Las escuché resonar en mis oídos. Estaba recitando una lección que había aprendido. Deslicé una palabra francesa. Nessim, censor sin piedad, inmediatamente la tradujo al dialecto judío.

Nadie sonreía. Las nuevas reglas del juego habían sido aceptadas de común acuerdo. Los musulmanes con elegancia no prestaban ninguna atención especial al nuevo lenguaje que estaba afirmando su presencia inusual. Generalmente, nos miraban sin vernos. Ahora, misteriosamente, reconocían nuestras facciones. Estaban notando un nuevo color en la panoplia. Más tarde, todo sería devuelto al orden, ya que nadie querría admitir la existencia de casos particulares.

En nuestro grupo no éramos ni judío ni musulmán. Eramos iraquíes, preocupados sobre el futuro de nuestro país y en consecuencia el futuro de cada uno de nosotros. Excepto que los musulmanes se sentían más iraquíes que los otros. Era inútil que les digamos, "esta es nuestra tierra y hemos estado aquí por veinticinco siglos." Nosotros habíamos estado aquí primero, pero ellos no estaban convencidos. Eramos diferentes. ¿No era nuestro color de piel más claro que el de los beduinos? ¿No sabíamos lenguas extranjeras? El hecho de que los mejores estudiantes de árabe en el examen final eran judíos, que la escuela de la Alianza Israelita producía los mejores linguistas árabes, no cambiaba nada. Nuestra identidad estaba manchada. Que sea así. Nessim estaba asumiendo esta diferencia. Quería que fuera admitida. No intentaba convencer y no tenía evidencia que presentar. Estaba presentando un hecho. Eramos judíos y no estábamos avergonzados de esto.

Hacia el fin de la tarde, habíamos ganado el juego. Por primera vez los musulmanes estaban escuchándonos con respeto. Eramos dignos de nuestro dialecto. Estabamos vestidos con nuestro propio ropaje. Nuestras bocas fueron devueltas a su forma verdadera, la que habían llevado puesta por generaciones en la confidencialidad del hogar... Las máscaras habían caído. Nos mantuvimos de pie allí en nuestra diferencia luminosa y frágil. Y no era ni un signo de humillación ni un símbolo de ridículo. En un dialecto judío puro hicimos nuestros planes para el futuro de la cultura iraquí. No nos refugiamos detrás del velo de una igualdad artificial. Nuestras facciones estaban emergiendo de la sombra; estaban siendo trazadas. Eran únicas. Nuestras caras estaban descubiertas, reconocidas por fin.



Naim Kattan, "Farewell, Babylon", traducido al inglés del original francés por Sheila Fischman (Toronto, 1975), pp. 5-9, traducido del inglés por Fabián Glagovsky del libro "The Jews of Arab Lands in Modern Times", de Norman A. Stillman, Philadelphia, New York, 1991, pp. 281-283.