martes, agosto 12, 2008

Un aplauso

La gente de Harry's Place nos ha hecho un favor y publicado una sección de Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn, y, exactamente como dicen, es inolvidable para quien haya leído el libro. La traduzco para ustedes:

Una conferencia Distrital del Partido tenía lugar en la Provincia de Moscú. Era presidida por un nuevo secretario del Comité Distrital del Partido, que reemplazaba a uno recientemente arrestado. En el final de la conferencia, se llamó a un tributo al Camarada Stalin. Por supuesto, todo el mundo se paró (así como todos se habían apresurado a ponerse en pie durante la conferencia, a cada mención de su nombre). El pequeño hall reverberaba con "un aplauso estruendoso, que aumentaba hasta la ovación." Por tres minutos, cuatro minutos, cinco minutos, el "aplauso estruendoso, que aumentaba hasta la ovación," continuó. Pero las palmas comenzaban a irritarse y los brazos levantados ya estaban doliendo. Y la gente mayor estaba jadeando de cansancio. Se estaba haciendo insufriblemente tonto incluso para aquellos que realmente adoraban a Stalin. Sin embargo, ¿quién se animaría a ser el primero en parar? El secretario del Comité Distrital del Partido podría haberlo hecho. El estaba parado en la plataforma, y era él quien había pedido la ovación. Pero era un recién llegado. Había tomado el lugar de un hombre que había sido arrestado. ¡Tenía miedo! ¡Después de todo, hombres del NKVD estaban parados en el hall aplaudiendo y mirando para ver quién paraba primero! Y en ese hall pequeño, oscuro, desconocido para el Líder, ¡el aplauso continuó por seis, siete, ocho minutos! ¡Estaban terminados! ¡Su pollo estaba cocinado! ¡No podrían parar ahora hasta que no hubieran colapsado con ataques al corazón! En el fondo del hall, que estaba repleto, podían por supuesto hacer un poco de trampa; aplaudir menos frecuentemente, menos vigorosamente, no con tanto empeño - ¿pero ahí arriba con el presidium donde todos los podían ver? El director de la compañía de papel local, un hombre independiente y de gran tezón, estaba parado con el presidium. ¡Al tanto de toda la falsedad y lo absurdo de la situación, igual se mantuvo aplaudiendo! ¡Nueve minutos! ¡Diez! Con angustia miró al secretario del Comité Distrital del Partido, pero este último no se atrevía a parar. ¡Locura! ¡Absolutamente todos! Con entusiasmo fingido en sus caras, mirándose uno al otro con vaga esperanza, los líderes del Distrito iban a seguir y seguir aplaudiendo hasta que se cayeran donde estaban parados, ¡hasta que fueran cargados fuera del hall en camillas! Y aún así los que quedaran no flaquearían... Entonces, después de once minutos, el director de la fábrica de papel asumió una expresión de negocios y se sentó en su silla. Y, oh, ¡sucedió un milagro! ¿Dónde se había ido el entusiasmo univeral, desinhibido, indescriptible? En conjunto, todos los demás pararon de golpe y se sentaron. ¡Habían sido salvados! El hámster había sido lo suficientemente inteligente como para saltar de su rueda giratoria.



Así, sin embargo, fue como descubrieron quienes eran las personas independientes. Y así fue como fueron eliminándolas. Esa misma noche el director de la fábrica fue arrestado. Le cargaron fácilmente diez años con el pretexto de algo bien diferente. Pero luego de que hubiera firmado el formulario 206, el documento final del interrogatorio, su interrogador le recordó: "¡Nunca jamás sea el primero en dejar de aplaudir!"