miércoles, agosto 20, 2008

Memorias de un adolescente trosko

(por Gary Younge. Publicado en The Guardian, 19 de Febrero de 2000 - yo sólo lo traduje.)



En 1984 los mineros estaban de huelga. El IRA hizo explotar el Gran Hotel de Brighton, y Gary Younge, 15 años, se unió a la revolución. Pero no podía durar.



Entre mi primer beso y mi primer examen pre-universitario vino Trotsky. Estoy seguro que me lo hubiera encontrado más tarde o temprano, pegado en la pared en un bar del centro de estudiantes o en una esquina callejera escondido detrás de un petitorio. Pero vino a mí un día soleado en Hyde Park. Era 1984: el año de la huelga de mineros, la voladura del Gran Hotel de Brighton por el IRA, y la victoria de Ronald Reagan en las elecciones presidenciales norteamericanas. Yo tenía 15 - un adolescente arrogante y vegetariano que sentía que las cosas no andaban realmente bien en el mundo.



Había pasado la mayor parte del día vagando por Londres con una pancarta del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) por compañía, protestando contra la visita del presidente sudafricano, PW Botha. Evitaba la mirada de los vendedores de diarios y los policías, cuando un joven con acné me tomo desprevenido y me ofreció una copia del Joven Socialista. La compré, la leí en menos de cinco minutos - todos los artículos eran básicamente lo mismo "Tatcher es horrible, los mineros son grandiosos, el socialismo es incluso mejor" - y no pensé mucho más sobre eso.



Unas semanas después saqué el diario del fondo de mi mochila, escribí al editor y le pregunté si me podía unir a la revolución, con el mismo nivel de reflexión con que otros de mis pares aplicaban para unirse a clubes de fans. Estaba aburrido. Era algo para hacer. Y probablemente habría chicas allí también, así que, quién sabe, podría llegar a estar cerca de un segundo beso.



Dado el rango de comportamiento anti-social disponible para un adolescente acosado por las hormonas, había peores cosas a las cuales podría haberle dedicado mi atención que el derrocamiento del capitalismo. Mentiría si dijera que sabía exactamente en lo que me estaba metiendo. Sabía que me estaba uniendo a algún tipo de grupo socialista. Sospechaba que era la sección joven del Partido Laborista - pero resultó que era el ala joven del Partido Revolucionario de los Trabajadores (WRP). Esto no era un problema para mí. Después de todo, si vas a meterte en política a esa edad, te conviene conseguir algo de credibilidad (cred) y unirte a algo de lo que nadie en su vida escuchó hablar.



Cuando descubrí que eran trostkistas esto tampoco me molestó mucho. La verdad que no sabía lo que era el trostkismo. Apenas sabía quién había sido Trotsky. El líder del Ejército Rojo que había sido expulsado y luego ejecutado en el exilio por Stalin había, al parecer, dejado un legado para aquellos que apoyaban el socialismo pero no podían aguantar a la Unión Soviética. Lo conocía mejor como Bola de Nieve, del libro Rebelión en la Granja de George Orwell.



Con lo naif que era, asumí que, dado que el socialismo está sustentado en la noción de solidaridad, aquellos que creían en él se unirían todos juntos - especialmente dado que eran relativamente pocos. No sabía en ese momento que había por lo menos 57 variedades de partidos de izquierda dura, algunos con menos de 57 miembros en total. ¿Cómo podía yo saber que había una diferencia significativa entre la Liga Comunista Revolucionaria de Bretaña (RCLB - Maoísta) y el Partido Revolucionario Comunista de Gran Bretaña Marxista-Leninista (RCPGBM-L pro-Albania)? En pocas palabras, yo no sabía mucho. Pero resulta que no tenía por qué.



El credo del WRP era bien directo. Gran Bretaña en 1984, ellos creían, estaba más o menos en la misma fase que Rusia en 1916 - una nación en el borde de la Revolución. Todo lo que era necesario para empujarla por el borde era una huelga general. Si podíamos lograr que todo el mundo saliera a las calles juntos, podríamos paralizar la nación, formar algunos soviets, reemplazar a la policía por una milicia obrera y entonces ¡Bingo! - el capitalismo estaría muerto antes de que pudieras decir Cuarta Internacional.



La simpleza de la tesis era una fuente de consuelo. El partido estaba proveyendo una visión del mundo tan firme y comprehensiva que sentí que nunca tendría que resolver las cosas nunca más. Proveía una razón para todo lo que estaba mal - desde la hambruna en Etiopía a la opresión racista - era el capitalismo. Para cada problema había una sola solución - la revolución. Cada asunto podía ser insertado dentro de este análisis único y transferible, parecía.



Preocupaciones sobre detalles de la política, desde los impuestos al desarme nuclear, eran poco menos que tonterías administrativas. Esta sensación de seguridad en uno mismo, apuntalada por una similar falta de conocimiento de uno mismo, prestaba un aire distintivamente de culto a todo el emprendimiento, de lo cual, como sucede con los cultos, sólo me percaté realmente cuando lo hube dejado. Además, la posición sin compromisos y muchas veces irracional del partido en la mayor parte de las cuestiones, se unía estrechamente con la etapa petulante, sabelotoda que yo mismo estaba pasando. Si los adultos a veces me atacaban con la frase "vos creés que tenés la respuesta de todo, ¿no? Pensaba, pero nunca decía: "La tengo, de hecho. Capturar el poder del estado de manos de la burguesía y ponerlo en manos de la clase obrera como el primer paso hacia un mundo más justo."



En realidad me daban lástima aquellos que no conseguían ver todo el panorama. Lamentaba la vida desperdiciada de todos los adultos que trataron de resolver sus puntos de vista en cuestiones individuales en base al caso por caso. Estaban jugando a unir los puntos; yo tenía todo el amplio, enorme, esquema. Y yo claramente no estaba solo en todo esto. Suponía que había como 2000 miembros, incluyendo a actores de alto perfil como Vanessa Redgrave y Frances de la Tour.



Los dos líderes principales eran alguien de Sri Lanka llamado Mike Banda y un londinense, Gerry Healy. Su llegada al micrófono durante las reuniones siempre iba acompañada de un silencio reverente que iba más allá de las demandas de la disciplina del partido. No recuerdo mucho sobre el estilo de oratoria de Banda, pero el de Healy era inconfundible. Gritaba y aullaba sobre el micrófono, desgranando fluidamente una jerigonza. Y mientras apuntaba al aire con su dedito, su cara se iba tornando cada vez más colorada hasta que toda su cabeza pelada se convertía en un pequeño paté escarlata.



El compromiso con el partido era total. Si Gran Bretaña estaba por explotar en una revolución se seguía que un partido revolucionario debía estar listo y esperando al costado. Y si el partido iba a estar listo entonces sus miembros debían estar en los puestos de combate en todo momento, sin excusas y absolutamente sin tiempo libre por buena conducta. Significaba que todo - nacimientos, muertes, casamientos, exámenes, lo que digas - era secundario a las preparaciones para el día glorioso e inminente en el que no tanto heredaríamos la tierra sino que la nacionalizaríamos, colectivizaríamos y entonces le prohibiríamos a toda persona heredar algo nunca más.



"Las necesidades del individuo deben estar subordinadas a las necesidades del partido" repetía el mantra. Y era observado religiosamente. Pasaba como tres noches a la semana y por lo menos la mitad del fin de semana vendiendo periódicos, atendiendo reuniones y organizando eventos.



Ni cumpleaños, ni fiesta, ni partido de fútbol podía competir con las demandas de la revolución; simplemente no podías apagar el poder de los trabajadores por ir a bailar o tener una cita. Tenía un propósito en la vida que se sentía como más allá y superior a la escuela o los padres. Criado bajo las restricciones del matriarcado caribeño, no sentía que necesitara más disciplina en mi vida, pero di la bienvenida a mi primer flirteo con una tradición que tenía su propia bandera (roja) y su propio himno (La Internacional). Y era apasionante también.



De forma inusual para la izquierda dura, su base joven era más amplia entre los obreros que entre los estudiantes. Si bien había un tono general de seriedad que afectaba a todos en el partido, la vida en los Jovenes Socialistas - la mayoría, en promedio, sólo unos pocos años mayores que yo - era de diversión y alboroto. No sólo proveía de un grupo instantáneo de amigos sino de una cantidad sin límite de cosas que hacer con éllos. Fuimos a las líneas piqueteras de Nottingham, a conferencias en Blackpool e incontables manifestaciones en Londres, todo lo cual implicaba viajes en micros y la ingesta de cerveza y transas entre los jóvenes que los acompañaban.



Los miembros más viejos, sin embargo, eran aparentemente otra historia. Las demandas del trabajo en el partido sin dudas destrozaban sus vidas personales. Una mezcla de maestros, trabajadores del consejo y actores, eran, en su mayoría, un montón de zánganos sin humor, que tenían una apariencia acosada y ojerosa que sugería que el Apocalípsis y no la Revolución estaba a la vuelta de la esquina. Eran discapacitados sociales - incapaces de hablar de nada que no fuera el partido porque hacía mucho tiempo que habían expulsado el resto de las cosas de sus vidas.



El hecho de que nadie más deseaba una huelga general no sólo confirmaba nuestro estatus de culto, nos daba un lado mesiánico. Nuestros detractores eran o lacayos del capitalismo - como el TUC - o simplemente cobardes, como el Partido Comunista, que en realidad sí deseaba una huelga general, pero sólo por 24 horas. Gracias a nuestro análisis superior, poseíamos una verdad valiosa y exclusiva - el mundo, como lo conocíamos, estaba por terminar.



Por más inverosímil que eso parezca ahora, entoces no me sonaba como una propuesta completamente desatinada. Respecto a conflicto de clases, 1984 fue un año espectacular. Con batallas sangrientas entre la policía y los piqueteros de Orgreave, las cortes embargando los activos de los sindicatos, alguaciles desalojando a manifestantes en Greenham Common y encontronazos tramados entre consejos de izquierda y el gobierno sobre los ¿límites de las tasas? (rate-capping), la idea de que la democracia parlamentaria estaba en crisis y prefería métodos sucios en lugar de honestos para aplastar el disenso, no parecía fantasiosa.



Y tampoco parecía raro sugerir que, para que los mineros ganaran, iban a necesitar la ayuda de otros sindicatos. Pero yo estaba en el jardín de infantes cuando los mineros derribaron un gobierno conservador y todavía no había nacido cuando los estudiantes paralizaron el centro de Londres por Vietnam. Yo no tenía idea de que estaba presenciando un episodio violento pero regular del choque y roce interminable entre el trabajo y el capital. Pronto aprendería que, a pesar de que 1984 fue espectacular, no era bajo ningún aspecto excepcional.



No era nada parecido a Rusia en 1916. Porque el año siguiente presenció no un levantamiento revolucionario, sino la derrota más grande que la clase obrera británica hubiera sufrido en más de medio siglo. Y para la época en que los mineros volvieron al trabajo, mi carrera revolucionaria se estaba acercando a su fin. Puedo rastrear el comienzo de su muerte a una reunión en los cuarteles centrales del partido en Clapham. Un Healy de cara roja estaba rabiando al máximo de su voz y yo estaba mirando el reloj. Le había dicho a mi mamá que iba a estar de vuelta a eso de las 6 de la tarde. Eran ya las cinco, yo estaba a una hora y media de casa y Healy recién había comenzado.



Finalmente concluyó una hora después y, mientras yo enfilaba para la puerta, un hombre corpulento me detuvo y me dijo que no estaban dejando salir a nadie durante el intervalo. Le expliqué la situación, pero no se inmutó. Le pregunté si podía por lo menos salir y llamar a casa y decirle a mi mamá dónde estaba. "Los teléfonos cercanos están pinchados, camarada." dijo severamente.



"Me importa una mierda si se enteran que voy a llegar tarde a casa," dije. Pero el portero no se iba a mover. Volví a eso de las 10 de la noche llorando y en problemas. Unas pocas semanas después me fui en un viaje de fin de semana de la escuela a Howarth como parte de mi examen de entrada a la universidad del curso de inglés sobre Cumbres Borrascosas. Cuando volví, mi madre, que para entonces ya había tenido suficiente con la revolución, me dijo que el partido me estuvo llamando por teléfono constantemente. Llamé al organizador del WRP y recibí una cruel paliza verbal.



"No podés simplemente borrarte a Yorkshire sin decirle a nadie," gritó. "¿No sabés que el Estado está llevándose a gente a izquierda, derecha y centro en un tiempo de crisis como este?" "¿Como quién?" pregunté. "No importa quien," gritó, y entonces me asestó una severa perorata sobre disciplina partidaria. Para este momento, yo ya había tenido suficiente. Los mineros estaban volviendo de a poco al trabajo, la revolución claramente no estaba a la vuelta de la esquina y yo estaba cansado de adultos jugando a los soldaditos. La sábana de seguridad de la certeza intelectual que había sentido cuando me había unido ya no me confortaba. Cualquier sugerencia de que había más en la política que la lucha de clases - como raza y género - era enfrentada con un reproche feroz.



Tenía 16 años y ya había superado a la revolución. Cuando por fin me presenté me comencé a sentir acosado. Cuando me rehusé a salir a vender periódicos un fin de semana fui acusado de ser un agente del MI5; cuando expresé un interés casual en Fidel Castro me dijeron que sólo me gustaba porque era negro. Comencé a inventar excusas para no ir a las reuniones y me concentré más en mi trabajo escolar en cambio. Estaba tomando un curso nocturno de francés y me había anotado en los exámenes pre-universitarios. Le dije al WRP que iba a necesitar un poco de tiempo libre del partido para repasar. Mi pedido fue rechazado. Eso fue la gota que colmó el vaso.



Sabía que si no intervenía en este momento mi madre lo haría, y yo prefería enfrentarme a los auto-proclamados representantes de la clase obrera que a ella. Llamé cuando supe que el organizador local había salido y le dije a su compañero de cuarto que estaba dejando al partido. No dormí esa noche, tan torturado estaba por lo monumental de mis acciones. Al día siguiente vino y me dio otra perorata sobre disciplina partidaria.



Las revoluciones no vienen sin trabajo duro, y el trabajo duro requiere sacrificios, dijo. Sonaba como un cura tratando de salvar un matrimonio. Pero podía haber estado hablándole a la pila de panfletos que siempre cargaba en el asiento de su auto. Yo ya había tomado la decisión. "Me voy," le dije. "Nadie deja este partido, Gary," dijo. "O son echados o se mueren." Dado que yo todavía estoy acá para contar el cuento, sólo puedo asumir que fui expulsado durante mi ausencia. Tuve tan poca vacilación para irme como tuve para unirme. Mis nueve meses en el WRP fueron una gran educación política y personal.



Con el tiempo aprendería el daño del dogma, el poder de la retórica, y el hecho de que la política no es sólo una actividad extra-curricular. Descubrí que, cuando se trataba de debatir, los tonos de grises me sentían mejor que el blanco y negro, pero que la complejidad nunca debe ser una excusa para la inacción. Y aunque nunca más me uní a un partido trostkista, mi experiencia no me dejó con un desdén cáustico por los trostkistas - aún cuando pienso que el mismo Trotsky estaría bastante desilusionado por tantos que luchan en su nombre.



En todo caso, cinco meses después de que me echaran, Healy sufriría la misma suerte. Acusado por Banda de "depravación cruel y sistemática" luego de abusar de su influencia para obligar a los miembros femeninos más jóvenes del partido a acostarse con él, y secretamente comprarse un BMW de 15.000 libras con los fondos del partido, su expulsión hizo que "Rojos en la cama" (Reds in the Bed) fuera titular de los periódicos sensacionalistas. El ataque de Banda coincidió con un giro de 180 grados en la política del partido, hacia el Laborismo bajo Neil Kinnock. Los Redgraves se pusieron del lado de Healy y se escindieron para formar un grupo separado, el Partido Marxista. La izquierda dura había echado brotes de una variedad número 58.