jueves, septiembre 27, 2007

1937 - Creer en milagros.

Esta historia de Yehuda Avner fue publicada en el Jerusalem Post del 25 de septiembre de 2007.



En Jerusalén sud-oriental [N. de Fabián, muy cerquita de donde trabajo] hay un promontorio llamado "La Colina del Mal Consejo", y sobre su cima plana hay un lugar llamado "El Campo de Sangre", llamado así porque fue comprado con las 30 piezas de plata - el dinero de sangre - que Judas según se informó recibió por traicionar a Jesús. Aquí, en ese lugar, donde la vista de Jerusalén es la más espectacular, está la Casa de Gobierno, un edificio colonial construido en tiempos en que se asumía que la visión misma de una residencia de un representante de la Corona Inglesa tenía que proclamar la majestad del Trono. [Hoy funciona como Cuartel General de la ONU, y está rodeado por Talpiot Este.]



En la fiesta de Sucot de 1937 estaba ocupada por el Alto Comisionado Sir Arthur Grenfell Wauchope, un inglés moderado, sólido, razonable, y totalmente flemático quien, mientras que estaba ostensiblemente gobernando el país de parte de la Liga de las Naciones para la creación de un Hogar Nacional Judío, estaba en realidad manejándolo como una colonia del Imperio. Y, al así hacerlo, se encontró enfrentando un antagonismo árabe cada vez mayor que se expandía en proporción directa la expansión de la inmigración judía.



En ese momento, los judíos estaban huyendo desesperádamente de la Alemania de Hitler y Sir Arthur, habiendo tolerado un influjo significativo, se encontró con que estaba con sus manos metidas entre cosas espinosas y cortantes.



Whitehall, intensamente agitado por la situación, decidió resolver la cuestión de Palestina de una vez por todas estableciendo una comisión real de investigación encabezada por un tal Lord Peel. Sus investigaciones levantaron un montón de preguntas, impulsando a David Ben Gurión, entonces líder político de la Comunidad Judía Palestina, a pedir una reunión urgente con Sir Arthur Wauchope.



"Feliz Sucot," lanzó el Alto Comisionado desde detrás de la sólida protección de su escritorio de roble en su vasto estudio cuando Ben Gurión fue hecho ingresar. "Donde quiera que voy, veo pequeñas lindas cabañitas. Tome asiento. Ah, acá está el te."



Un ordenanza cargando una bandeja de plata y porcelana había entrado. "Sírvenos, Reggie," dijo el Alto Comisionado cordialmente. Y entonces, "¿Ya ha conocido a mi ordenanza, Reggie?" ¿Sabe como lo conocí? Estaba en Mesopotamia y un maldito bribón me cortó con un cuchillo - directo en el trasero. Caí directo entre los brazos de Reggie y ha estado desde entonces siempre conmigo. ¿No es cierto, Reggie?"



"Sí, señor," dijo el ordenanza solemnemente, sirviendo el te con cuidado fastidioso.



Sentándose enfrentados a través del enorme escritorio, los dos personajes principales eran un estudio de contrastes: David Ben Gurión, rechoncho, petiso, beligerante, con grandes cejas y mechones de pelo blanco, estaba vestido con una camisa khaki de cuello abierto y pantalones de algodón, arrugados y holgados. Sir Arthur, un hombre delgado y alto, con una cara larga y arrugada coronada por pelo gris peinado hacia atrás y con raya al medio, al estilo Eduardiano, estaba vestido con una elegante chaqueta de lino color gris perla Príncipe de Gales, con un chaleco que hacía juego.



"Ahora, ¿cómo puedo ayudarle?" comenzó Wauchope, sabiendo muy bien que iba a comenzar una difícil danza en su intento de aplacar tanto a los judíos como a los árabes.



"Puede ayudarme incrementando más la tasa de inmigración judía de la Alemania nazi," respondió Ben Gurión gravemente. "Su situación es intolerable. Todo el mundo quiere que los judíos se vayan, nadie los quiere recibir."



La expresión del Alto Comisionado se volvió sombría. "El Gobierno de Su Majestad sabe de su aprieto," dijo. "En 1933 cuando Herr Hitler llegó al poder, había 234.000 judíos en este país. Ahora, en Septiembre de 1937, tenemos" - abrió un fichero y pasó el dedo bajando por una columna - "tenemos 431.000. Eso es casi el doble en números, y creo que está muy requetebién [Inglés: jolly good going]. La verdad es, mi querido compañero," sonrió con repentino gusto, "Palestina se está llenando tan rápido que pronto no va a haber más lugar ni para revolear un gato."



"De hecho, yo diría que cumplimos muy bien nuestro mandato, no le parece? El Hogar Nacional Judío ya existe. Seguramente no nos puede pedir que hagamos más que esto."



El líder sionista le brindó al Alto Comisionado una mirada de "no te creo", y replicó, "Eso, Sir Arthur es absurdo. No existe algo así como un fin para la construcción de un hogar nacional. El trabajo nunca se termina. Cada inmigrante trae en su valija trabajos para 10 o más."



"Bueno, lamento que lo tome así," replicó el Alto Comisionado, "porque tengo que decirle con todo el candor que mi secretario de relaciones exteriores, Anthony Eden, me ha telegrafiado sugiriéndome que nos hemos excedido un poco."



"¿Excedido?" los labios de Ben Gurión se apretaron en disgusto.



"Oh, sí. En este último año sólamente dejamos entrar a 62.000 judíos de Alemania. Y el punto es, que me haría un gran favor respecto a mis jefes en Londres si acordara parar por un tiempo. El sionismo ganaría el favor del Gobierno de Su Majestad si su gente tomara la iniciativa y ordenara la suspensión de la inmigración por propia voluntad - sólo por un tiempo."



"¿De qué demonios está usted hablando?" Ben Gurión estaba sentado en el boder de su silla, su cara retorcida de enojo.



"Me refiero, a que si renunciaran por un tiempo, los árabes terminarían con su violencia, el Parlamento pararía de hacer preguntas inquietas, y yo le estaría enormemente en deuda en forma personal. ¿Qué dice?"



"¡Digo que es ridículo!" explotó Ben Gurión.



La expresión de Sir Arthur Wauchope se transformó en una profunda desilusión. "Realmente - ¿eso es lo mejor que puede hacer? Quiero decir, aquí le estoy proponiendo un argumento eminentemente razonable en favor de una suspensión temporaria de la inmigración, y aquí usted me está rechazando todo absolutamente sin ni siquiera hacer de cuenta que lo está considerando. Todo lo que pido es una moratoria, nada más."



"Y yo le digo no es posible ninguna moratoria," echó humo Ben Gurión. "¿Es un país una cosa artificial que se puede parar su crecimiento por decreto? ¿No es claro que parar la inmigración significa una depresión económica aún más severa? ¿No es claro que los judíos alemanes están en graves problemas? ¿Y cómo serían los árabes desarmados durante esta moratoria? ¿Y cómo se aseguraría de que no habría más disturbios? ¿Y como los árabes serían educados para la coexistencia futura para el momento en que la inmigración se renueve?"



"La idea es absurda. Está fuera de la cuestión".



Sir Arthur devolvió una expresión de inocencia herida: "No hay necesidad de ser tan cáustico, muchacho [Inglés: old chap]," dijo. "Todo lo que estoy sugiriendo es un poco de espacio para respirar."



Un poco menos irritante, Ben Gurión dijo, "Sir Arthur, reconocemos que está tratando de hacer lo mejor. Pero su gobierno debe entender: el sionismo es el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. Usted no puede prenderlo y apagarlo así como así. El sionismo es una revolución de la historia judía. Y una revolución es como montar en bicicleta. Si paras, te caes. No debemos parar. No debemos caernos."



"No le estoy diciendo que se caigan, muchacho [Inglés: old boy.]. Le estoy sugiriendo que quiten el pie del pedal por un tiempo, eso es todo."



"Y yo le estoy diciendo que la situación de los judíos en Alemania es desesperada. Necesitan salir. La situación de los judíos de Polonia no es menos grave. Han sido oprimidos durante un siglo. Ninguno de ellos entenderá nuestra aceptación de parar la inmigración a costa de ellos."



"Podrían, si eso parara el derramamiento de sangre aquí en Palestina."



Ben Gurión levantó su mentón, enfrentó la mirada helada del representante de la Corona, y, con pasión desenfrenada, disparó volea tras volea: "Lo que usted está diciendo, sir, es intolerable. Su actitud es una invitación al desastre. Palestina no es suya para hacer lo que se le cante. No es una colonia británica. No es parte del Imperio Británico. Usted está en Palestina gracias a la Liga de las Naciones, que le dio un mandato para llevar a cabo la Declaración Balfour. Esa Declaración dice que usted debe establecer aquí un Hogar Nacional para el pueblo judío. Su tarea es llevar a cabo esa Declaración. Si su gobierno viola ese compromiso ya no van a tener ningún derecho moral para gobernar esta tierra. El corazón y alma de la Declaración Balfour es la inmigración judía."



"Lamento que lo tome así," dijo el Alto Comisionado fríamente. "Hay un límite a la cantidad de recién llegados que este país puede sostener, y estamos llegando rápidamente a ese límite."



Estupefacto, Ben Gurión exclamó, "Y yo le estoy diciendo que para el momento en que hayamos construído esta tierra aquí va a haber lugar para millones."



"¿Millones?"



"Sí."



"¿Cuántos millones?"



"Cinco, seis, siete."



"Judíos?"



"Sí."



"¿Y cuántos árabes?"



"Por ese entonces, dos millones, supongo."



"Así que usted avisora un tiempo en el que este país tendrá una población de millones?"



"Lo hago. Déjenos traer a nuestra gente a decenas de miles y nuestros pioneros transformarán este país en una puerta de entrada al Paraíso."



El Alto Comisionado Wauchope ofreció a David Ben Gurión una mirada cínica, y dijo escéptico: "Conozco muy bien que vuestros pioneros son un Himno a la Naturaleza, pero yo difícilmente llamaría a este terreno una puerta de entrada al Paraíso. No tiene suficiente agua, para comenzar. Es medio desierto."



"Verdad. Pero déjeme decirle qué haremos con este medio desierto."



David Ben Gurión se inclinó sobre el escritorio, con los puños cerrados, el pecho fuera, un fuego celoso en sus ojos y un tono de euforia en su voz. "El origen de la palabra Paraíso, Sir Arthur, es la palabra hebra pardess - un campo irrigado. Y nuestros pioneros ya crearán un maravilloso pardess de este desierto.



El líder sionista se recostó nuevamente con excesiva satisfacción, y las cejas del funcionario colonial británico estaban bien arqueadas cuando comentó, "Bueno, yo no quiero sonar irrespetuoso, pero la hipérbole es buena para hacer discursos, no para trazar políticas - a menos, por supuesto, que usted crea en milagros."



David Ben Gurión se levantó para marcharse. Gravemente, dijo, "Alto Comisionado, tengo dos comentarios que quiero hacerle antes de irme."



"¿Y cuáles son?"



"Uno es, lucharemos contra ustedes con uñas y dientes en el tema de la inmigración. Para nosotros es un tema de vida o muerte."



"¿Y el otro?"



Un repentino brillo apareció en los ojos del Viejo. "Lo que dijo respecto a creer en milagros - es un punto válido. En este país si no crees en milagros, no eres realista."