domingo, junio 17, 2007

Nuevos ensayos sobre el sionismo (3)

El texto que voy a comentar hoy (en forma muy leve, ya que toca temas en los que no tengo un conocimiento muy amplio) es de Ofir Haivry, llamado "Sobre Sion: una realidad que modela la imaginación."



Es el tercero de los ensayos del libro "Nuevos Ensayos sobre el Sionismo", del Centro Shalem, pero es el primero de todos en términos de cuándo fue escrito: 1996. Otra cosa que lo destaca es que es un texto dedicado más a una interpretación de la filosofía judía y su relación con la historia judía. Y es por eso que no me animo a comentar demasiado, ya que evidentemente carezco de los conocimientos necesarios para poder discutir con el texto. Es, sin embargo, un artículo por demás interesante.



El punto de partida del autor es recordarnos que aunque el judaísmo se basa en la creencia en un pacto con un Dios eterno y omnipotente, la fé o la creencia en esto por sí mismas, no pueden hacernos judíos. Es el ritual el que nos permite ser judíos y expresar la creencia en Dios. El autor hace hincapié en que el judaísmo se aleja y desconfía absolutamente del "principio de generalización", o llamado de otra forma "los principios absolutos", o en palabras más sencillas, intentar descubrir la esencia de las cosas. Hay gente que cree que puede descubrir que el mundo se basa en el "Amor", en la "Paz", en descubrir que somos "Uno con el Todo", en la "Felicidad", en el "Buen Vivir", la "Verdad", la "Belleza", la "Raza", etc, etc. El judaísmo es todo lo contrario de esta búsqueda del principio generalizador.



Haivry cita la famosa (para quien la ha estudiado) historia talmúdica de los cuatro sabios que quisieron entrar a la "huerta". La huerta representa este conocimiento de la esencia de las cosas. Cuenta la historia que uno de los sabios entró y murió; otro entró y se volvió loco; otro entró y arrancó las plantas (es decir, abandonó el judaísmo); y sólo Rabbi Akiva entró y salió entero. La historia viene a reflejar la desconfianza del judaísmo a "ver a Dios de frente" (el que ve a Dios muere, dice la Torá).



Fueron los griegos los primeros que sistemáticamente comenzaron a buscar el principio generalizador, a través de la filosofía. Pero, dice Haivry, esta búsqueda es peligrosa y suicida en última instancia, ya que la realidad (extremadamente compleja) no puede contener al principio absoluto que procede de la generalización. Este es pura consistencia, y la realidad no es consistente. O, en otras palabras, todas las culturas históricas (salvo una) han fracasado en encontrar el balance entre el principio y la realidad, el camino hacia la huerta. La respuesta judía es que más que la huerta, lo importante es el camino mismo. Para el judaísmo, el camino es ya una gran parte de la huerta misma. Para Haivry, asimismo, el judaísmo prescribe que el camino sólo puede ser tomado en circunstancias específicas: en Eretz Israel (la tierra de Israel), ya que en el judaísmo hay una relación recíproca entre Dios, el Pueblo (judío) y la Tierra (Israel). Una relación que se pierde en la Diáspora. Es decir (y de aquí el título del artículo), la presencia o la ausencia de Eretz Israel tiene implicancias decisivas para la forma y el contenido que adquiere el judaísmo. En la visión de Haivry, el judaísmo diaspórico, es menos real, menos completo y menos judío que el judaísmo en Eretz Israel.



Hay varios ejemplos que Ofir Haivry trae a colación para mostrar esta relación que se establece con Eretz Israel, y como esta define las diversas respuestas que el judaísmo ha intentado dar en su lucha contra el principio de generalización. El más interesante es el de Hillel, Shamai y el joven judío galileo (Jesús).



Hillel y Shamai eran los líderes de las dos mayores escuelas rabínicas de su tiempo, que es también el tiempo de Jesús, y estaban en permanente disputa.



Cuenta la historia famosa (otra, muchachos) que un gentil se le acerca a Shamai y le pide que le explique toda la Torá en el tiempo en que él puede estar parado en un solo pie. (es decir, en poco tiempo). Shamai, nacido en Eretz Israel y producto de la vieja tradición de Eretz Israel, lo manda a freir churros. Hillel, en cambio, intenta dar una respuesta y le dice: "Lo que te sea odioso a tí, no se lo hagas a tu prójimo, y el resto es pura interpretación".



Hillel era un producto del exilio babilónico y, como dice Haivry, de la reconciliación con el hecho del exilio. En el exilio, muchas de las leyes judías no se podían cumplir en forma literal y se intentó entonces buscar cual era el sentido tras esas leyes, para poder adaptarlas - allí comienza el riesgo de la búsqueda de la generalización. Es por eso que Hillel corre un riesgo e intenta resumir. Y el judaísmo no se puede resumir en una serie de dogmas.



La historia, contada en el talmud babilónico, termina con que el gentil se convierte al judaísmo, convencido por la explicación de Hillel, y supuestamente eso mostraría como la tradición de Hillel es la mejor. Pero por supuesto, la historia está citada en el talmud babilónico.



Sin embargo, dice Haivry, si miramos nuevamente la respuesta de Hillel, ¡veremos que no menciona a Dios! ¿Cómo puede ser? Al contrario, al gentil le da un camino totalmente práctico (le da un consejo de vida). Es decir, también en Hillel hay una desconfianza a los principios absolutos. Hillel podría haberle dicho "Al principio Dios creó los cielos y la tierra", o recitado el Shemá ("Escucha Israel, El Señor es nuestro Dios, Dios es único..."), o alguna otra frase simbólica. Pero no lo hace. Ya que es el camino lo importante, los hechos, porque sólo a través de estos se puede llegar a la huerta.



Haivry compara las respuestas de Hillel y Shamai con la del joven galileo, cuando éste se acerca al templo en Jerusalén a discutir con los sabios. En el Evangelio de Marcos está contada así la historia:

Y uno de lo escribas se acercó y los escuchó disputando unos con otros, y viendo que él les respondía bien, le preguntó, "Cuál es el primer mandamiento?" Jesús contestó, "El primero es, 'Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, Dios es uno; y debes amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza.' El segundo es este, 'Debes amar a tu prójimo como a tí mismo.' No hay otros mandamientos más grandes que estos." Y el escriba le dijo, "Tienes razón, Maestro, has dicho verdaderamente que él es uno, y que no hay otro más que él; y amarlo con todo el corazón, y con todo el entendimiento y con toda la fuerza, y amar a nuestro prójimo como a uno mismo, es mucho más que todas las ofrendas y sacrificios juntos."


Aquí está el peligro de la generalización en toda su mortal claridad, dice Haivry. Se da una respuesta directa, y se sigue inmediatamente por la conclusión lógica: que el principio es más importante que toda clase de costumbres como ofrendas y sacrificios. Ya llegamos a los fines, entonces ¿para qué preocuparnos por los medios? Jesús le dio la respuesta que tanto Shamai como Hillel habían evitado dar. La respuesta del galileo se puede dar fácilmente "parado en un sólo pie". En efecto, lo que dice es que la esencia de la divinidad es el amor. Sin embargo, aunque sabemos que uno puede estar parado en un sólo pie, uno no puede caminar así; y el que lo intenta, se cae.



Para el que no lo entendió, y necesita la moraleja escrita al final de la historia, lo que intenta explicar es que intentar vivir basado en un principio absoluto es imposible, y puede llevar a los extremos destructivos que presenciamos en nuestra historia, como la intolerancia religiosa, el racismo nazi, la sociedad sin clases marxista, la sociedad para el consumo neoliberal u otras que se les pueda ocurrir. Todo muy lindo en la teoría, ¿pero qué pasa cuando se lo quiere llevar a la práctica?



El artículo de Ofir Haivry es muy rico en otras historias, ata el asunto hacia el final con un análisis filosófico-político de la actualidad israelí y el conflicto árabe-israelí, en el que no necesariamente coincido con su diagnóstico, aunque sí es un razonamiento y conclusiones que son importantes conocer. Nuevamente, recomiendo comprar el libro.