viernes, junio 22, 2007

Cuento - Tierra de Palestina - (Primera Parte)

Tengo el gusto de presentarles un cuento judío que muy pocos de ustedes (los que han leído cuentos judíos) deben conocer. (Y por supuesto, tampoco los que no han leído cuentos judíos). No creo que haya una traducción al español de este cuento en ningún lado. Sólo debe estar en yiddish, inglés y quizás hebreo. Lo había leído hace muchos años en un libro de compilación de cuentos yiddishes que compré en Sudáfrica en 1997 en una librería de usados, en una calle de Ciudad del Cabo. Recuerdo que me hizo impresión, pero no necesariamente lo comprendí en su totalidad. Debe haber quedado en mi inconsciente. Me vino a la mente hace un tiempo y encontré que la Universidad de Tel Aviv tenía un ejemplar del libro (no está en ningún otro lado que yo sepa, ya que el autor no fue muy prolífico). Así que lo fotocopié y ahora lo traduzco para ustedes. Esta es la primera parte. Creo que en tres partes lo podré postear completo. Espero que les guste.



Cuento judío - Tierra de Palestina

Por Jehalel (Aprox. 1905)



Primera Parte



Como saben mis lectores, quise hacer un pequeño negocio - vender el mundo-por-venir. Debo decirles que me salió muy mal, y quizás habría caído en alguna desgracia, si hubiera tenido la mercancía en stock. Pasó de esta manera: hoy en día todos están estrujados y sofocados; la parnasá [N. "Ganarse la vida"] se ha ido a la ruina, y no hay negocio - es decir, hay negocio, sólo que no para nosotros, los judíos. En tiempos tan amargos la gente le roba el pan de la boca a los demás; si se sabe que alguien encontró una veta, y comenzó una empresa, enseguida lo imitan: si tal abre un comercio, el segundo lo hace también, y un tercero, y un cuarto; si este firma un contrato, el otro corre y lo hará por menos - "¡Aunque no gane nada, tampoco lo harás tu!"



Cuando hice saber que tenía el mundo-por-venir para vender, montones de personas exclamaron, "Ahá! un negocio!" y antes de que supieran que tipo de mercancía era, y donde se iba a conseguir, comenzaron a pensar sobre abrir un negocio- y un interés mayor todavía fue demostrado por parte de ciertos filántropos, líderes políticos, trabajadores públicos, y gente de ese tipo. Sabían que cuando comencé a comerciar con el mundo-por-venir, había anunciado que mi negocio era sólo con los pobres. Bueno, entendieron que seguramente iba a ser rentable, y quizás les daría la chance de chupar un hueso o dos. Muy pronto hubo un gran tararam en nuestro pequeño mundo, la gente comenzó a inquirir de donde venían mis mercancías. Me rodearon con espías, que tenían que descubrir lo que yo hacía de noche, qué hacía en Shabat; le preguntaron al cocinero, a la mujer del mercado; pero en vano, no podían encontrar cómo yo me había hecho del mundo-por-venir. Y se encendió una hoguera de celos y odio, y comenzaron a informar, a escribirle cartas a las autoridades sobre mi. Labán el Amarillo y Balaam el Ciego (¡los conoces!) hicieron que mi jefe creyera que yo hacía negocios, es decir, que tenía un capital, es decir - es decir - pero mi empleador investigó el asunto, y viendo que mi mercancía en stock era el mundo-por-venir, se rió y me dejó tranquilo. La gente del pueblo entre los cuales era mi suerte vivir, esa buena gente que son tan hábiles para pescar en aguas revueltas, tan pronto como vieron el barro elevarse, tomaron sus implementos y se pusieron a trabajar, informando por escrito que yo estaba tratando con contrabando. Apareció un oficial rojo y revisó algunas pocas esquinas de mi casa, pero sin encontrar un sólo espécimen del mundo-por-venir, y se fue. Pero no tuve paz ni siquiera entonces; todos los días venía una carta nueva que me denunciaba. Mis buenos hermanos nunca cesaban de trabajar. Los judíos piadosos, ortodoxos, los Gemoreh-Koplej, denunciaron, y dijeron que yo era un timador, porque el mundo-por-venir es una cosa que no está allí, que no es ni pescado, ni carne, ni ave, ni buen arenque rojo, y que todo el asunto era un engaño; la gente semi-civilizada con pantalones largos y peies cortas [N. las peies son las patillas largas que usan los judíos más religiosos] dijeron, al contrario, que yo me estaba burlando de la religión, así que rápidamente tuve suficiente de cada lado, y resolví lo siguiente: primero, que no iba a tener nada que ver con el mundo-por-venir y cosas por el estilo que los judíos no entendían, aunque las valoraban mucho; segundo, que no me iba a poner a vender nada. Uno de mis buenos amigos, un comerciante experimentado, me aconsejó comprar en lugar de vender: "Hay tantos que venden, que van a competir con vos, denunciarte, y comportarse como nadie debiera. Comprar, por otro lado - si tu quieres comprar, serás estimado y respetado, todo el mundo te va a adular, y van a estar dispuestos a venderte a crédito - todos están preparados para tomar dinero, y con muy poco capital puedes comprar la mejor y más cara mercancía." Lo más importante era hacerse un buen nombre, y entonces, paso a paso, a través del crédito, uno podía elevarse muy alto.



Así que quedó resuelto que yo debería comprar. Tenía un poco de dinero a mano por un par de artículos para el diario, por los cuales hoy en día pagan; tenía un poco de reputación ganada por muchos buenos artículos en hebreo, por los cuales recibí unas cartas elogiosas muy lindas; y, en caso de necesidad, hay un poco de dinero que me deben ciertos vendedores de libros judíos de los Maskilim, por libros comprados "a comisión." Bueno, estoy dispuesto a comprar.



¿Pero qué compraré? Miro alrededor y tomo nota de todas las cosas que un hombre puede comprar, y veo que yo, como judío, no puedo tenerlas; lo que puedo comprar, no importa donde, no valen ni medio penique; una cosa que sea de algún valor, no puedo tenerla. Y resuelvo dedicarme a ese viejo objeto que mis tátara-tátara abuelos compraron, e hicieron una fortuna con él. Mis padres y toda la familia desean eso todos los días. Resuelvo comprar - ¿me entienden? - tierra de Palestina, y lo anuncio tanto verbalmente como por escrito a todos mis buenos y malos hermanos que deseo convertirme en un comprador de esto.



¡Oh, qué conmoción provoqué! Apenas se supo que yo quería comprar tierra de Palestina, que se me abalanzaron gentes que yo nunca había creído posibe que me hablaran, y que estuvieran en la misma habitación conmigo. El primero en venir fue un tipo de judío con un chal verde, con zapatos blancos, una cára pálida con una nariz roja, ojos oscuros, y peies amarillas. Comenzó a desempaquetar bolsas de papel y lino, de las cuales sacudió un poco de arena, y me dijo: "esta es de la tumba de la Madre Raquel, de la tumba de Shunammita, de las tumbas de Huldah la profetisa y Débora." Luego extrajo de las otras bolsas, y mencionó una lista completa de hombres: de la tumba de Enoj, Moises nuestro Maestro, Elías el Profeta, Habakkuk, Ezekiel, Jonás, autores del Talmud, y hombres santos tantos como existen. Me aseguró que cada tipo de arena tenía su propia y preciosa distinción, y tenía, por supuesto, su precio especial. Yo no había tenido tiempo para examinar todas las bolsas de arena cuando, ¡ahá! me llegó una carta escrita en papel azul con escritura Rashi, en la que un desconocido que me deseaba bien me advertía honestamente que no le comprara a ése judío, porque ni él ni su padre antes que él habían estado jamás en Palestina, y que había conseguido la arena en K. más allá de las Colinas Andreiyeff, y que si yo lo deseaba, él tenía tierra palestinense real, del Monte de los Olivos, con un documento del viceregente de Palestina, la Brisk Rebbetzin, al efecto de que ella había dado de esta tierra incluso a los comedores de carne de cerdo, de los cuales está dicho, "su gusano no morirá," y que éllos también habían sido salvados de los gusanos. Mi judío palestinense, luego de leer la carta, invocó todas las pesadillas sobre la cabeza de la Brisk Rebbetzin, y declaró entre otras cosas que élla misma era un gusano horrible, quien, etc. Me aseguró que no debía enviarle dinero a la Brisk Rebbetzin, "Que el Cielo te proteja! ¡Lo van a tirar, como ya lo han hecho más de cien veces!" y comenzó una vez más a elogiar sus mercancías, su tierra, diciendo que era una maravilla. Le contesté que yo quería tierra real de Palestina, tierra, no arena de pequeñas bolsitas.



"¡Tierra, es tierra!" repitió, y se puso muy enojado. "¿Qué quieres decir con tierra? ¿Te estoy ofreciendo barro? Pero así es la cosa con la gente hoy en día, ¡cuando quieren algo judío, no hay como satisfacerlos! Solo..." (un pensamiento le vino a la mente) "si quieres de otro tipo, quizás del campo de la Majpelá, puedo traerte algo de tierra palestinense que es tierra. Mientras tanto dame algo por adelantado, porque, además de todo, soy un judío de Palestina."



Puse una moneda en su mano, y se fue. Mientras tanto las noticias se habían difundido, mi intención de comprar tierra de Palestina había causado ruido fuera, y el pequeño pueblo resonaba con mi nombre. En las calles, calzadas, y en el mercado, la charla era toda sobre mi y sobre como "no había forma de ponerle precio definitivo a un alma judía: uno pensaba que era uno de éllos, y ahora quiere comprar tierra de Palestina!" Muchos de aquellos con quien me cruzaba me miraban con recelo, "¡El mismo y no el mismo!" En la sinagoga me dieron el mejor turno en la Lectura de la Ley; los judíos con zapatos y medias me deseaban "un buen Shabat" con gran cordialidad, y una sonrisa amistosa: "Eh-eh-eh! Nosotros entendemos - tu eres profundo - eres uno de nosotros después de todo." En pocas palabras, me rodearon, y casi me llevaron sobre los hombros, así que realmente me transformé en algo así como una celebridad.



Sigue pronto. Continuar leyendo