sábado, junio 23, 2007

Cuento - Tierra de Palestina (Tercera Parte)

Cuento judío. Primera parte, Segunda parte.



Tercera parte



Los mendigos palestinos y, sobre todo, Yudel y la gente del pueblo me otorgaron la reputación de piedad, y venían a mí judíos ortodoxos, tesoreros, cabalistas, estudiantes de mendicidad, y especialmente los seguidores del Rebe; me vinieron encima como abejas. Nunca habían tendo el hábito de evitarme, pero esto era otra cosa de todas maneras. Antes de esto, cuando venía uno de los discípulos del Rebe, entraba de manera respetuosa, se quitaba el sombrero, y, sentado sobre su capa, fijaba su mirada en mi boca con una sonrisa dulce; los dos sentíamos que la única relación entre nosotros era el dinero que yo le daba y que él tomaba. Solía tomarlo graciosamente, ponerlo en su bolso, como si fuera para otra persona, y agradecerme como si apreciara mi amabilidad. Cuando yo iba a verlo a él, ponía una silla para mi, y me daba privacidad. Pero ahora venía a mí con una actitud libre y fácil, pedía un trago de brandy con algún bocadillo para comer, se sentaba en mi cuarto como si fuera el suyo propio, y me miraba como si yo fuera un subordinado, y él tuviera autoridad sobre mí; yo soy el pecador penitente, se dice, y eso significaba para él tener la llave de la puerta de mi arrepentimiento; he entrado en su dominio, y él es mi señor y maestro; bebe mi salud tan energéticamente como si fuera la suya, y cuando pongo una moneda en su mano, la mira bien, para estar seguro de que vale la pena aceptarla. Si pasa que yo voy a visitarlo, estoy en el mismo nivel que todos sus seguidores, los Jasidim; sus "personas de confianza", y todos los otros que dan vueltas por allí son mis hermanos, y vienen a mí cuando les place, con todo el barro de sus botas, ponen la mano en mi seno y sacan mi bolsa de tabaco, y dan su opinión sobre que el brandy es débil, para no hablar de las fiestas, especialmente Purim y Simjat Torá, cuando entran todos juntos con gran ruido y vociferación, y beben y bailan, y me prestan tanta atención como si fuera el gato.



De hecho, toda la gente del pueblo se tomó todas las libertades conmigo. Antes, no me pedían nada, y me tomaban como yo era, ahora comenzaron a demandar cosas de mi y a preguntar por qué no hacía esto, y por qué hacía aquello, y no lo otro. Shmuelke el de los Baños me preguntó por qué nunca se me veía en los baños en Shabat. Kalmann el carnicero quería saber por qué, entre las aves de expiación, no había una blanca a mi nombre; e incluso el bedel del claustro, que habla por la nariz, y que jamás se había animado a acercarse a mi, vino e insistió em darme las treinta y nueve marcas en la víspera del Día de la Expiación: "¡Eh-eh, si eres un judío como los otros judíos, ven y acuéstate, y te darán las marcas!"



Y los judíos palestinos nunca dejaban de venir con sus bolsos de tierra, y yo nunca dejaba de rechazarlos. Un día vieno un judío de hombros anchos de "por allá," con su bolso de tierra palestinense. La tierra me gustó, y dio lugar a una conversación entre nosotros de esta forma:



"¿Cuánto quieres por tu tierra?"



"Por mi tierra? De cualquier otra persona no pediría menos de 30 rublos, pero de ti, conociéndote, y sabiendo de ti como yo se, y como tus padres hicieron tanto por Palestina, tomaré una pieza de veinticinco rublos. Debes saber que una persona compra esto una vez y para siempre."


"No te entiendo," le contesté. "¡Veinticinco rublos! ¿Cuánta tierra tienes aquí?"


"¿Cuanta tierra tengo? Como la mitad de un cuarto. Va a haber suficiente como para cubrir los ojos y la cara. ¿Quizás quieres cubrir el cuerpo entero, ponerla por debajo y por arriba y a los costados? O, puedo traerte un poco más, pero va a costarte doscientos o trescientos rublos, porque desde que los buenos para nada comenzaron a llegar a Palestina, la tierra se ha puesto muy cara. Créeme, no saco mucho de esto, me cuesta casi..."


"¡No te entiendo, amigo mío!" ¿Qué es esto de cubrir el cuerpo? ¿Qué quieres decir con eso?"


"¿Qué quieres decir con ´qué quieres decir con esto´? Cubrir el cuerpo como hacen todos los judíos honestos, luego de muertos."


"¿Ha? ¿Luego de muerto? ¿Para preservarlo?"


"Sí, ¿Para qué más?"


"No la quiero para eso, no me importa lo que le pase a mi cuerpo después de muerto. Yo quiero comprar tierra de Palestina mientras estoy vivo."


"¿Qué quieres decir? ¿Que bien te puede hacer mientras estás vivo? ¿No estás explicándote bien, o quizás estás burlándote de un pobre judío palestino?"


"Estoy hablando seriamente. ¡La quiero ahora, mientras vivo! ¿Qué es lo que no entiendes?"



Mi judío palestino estaba grandemente perplejo, pero rápidamente se serenó, y evaluó la situación. Vi por su sonrisa astuta que había detectado una veta de locura en mi, ¿y qué iba a ganar por llevarme de vuelta al camino de la razón? ¡Mejor beneficiarse de ella! Y esto procedió a hacer, diciendo con convicción ganadora:



"¡Sí, por supuesto, tu tienes razón! ¡Cuánta razón tienes! ¡Ojalá yo viva para verla como tu!" ¡La gente no está equivocada cuando dicen, ´la manzana cae cerca del árbol´! ¡Tu has sido atraído a la raíz, y amas el suelo de Palestina, sólo que de una manera diferente, como tus santos antepasados, ojalá sean buenos defensores! Tu eres joven, y yo soy viejo, y he escuchado como solían cubrir sus sombreros con ella en su época, para cumplir con el verso de las Escrituras, ´y ten piedad del polvo de Zion,´ y los judíos honestos colocan tierra de Palestina en sus zapatos en la víspera del 9 de Av, y en la comida antes del ayuno bañan un huevo en tierra de Palestina -¡nu, fein! Nunca hubiera esperado tanto de tí, y puedo decir en verdad, ´¡ahí tienen un judío!´ Bueno, en ese caso, necesitarás dos tarros de la tierra, pero te costará un buen precio."



"Evidentemente no nos entendemos," le dije. "¿Qué son dos tarros llenos? ¿Qué es todo esto de cubrir el cuerpo? Yo quiero comprar tierra de Palestina, tierra en Palestina, me entiendes? Quiero comprar, en Palestina, una pequeña cantidad de tierra, unas pocas dunams."



"¿Ha? No lo entendí. ¿Qué has dicho?" y mi judío palestino se agarró la oreja derecha, como si considerara lo que debía hacer; entonces dijo alegremente: "¡Ha-aha! ¡Tu quieres decir asegurarte para tí un lugar de entierro, también para después de muerto! ¡O sí, de verdad, tu eres un hombre santo y sin error! Bueno, puedes conseguirlo a través de mi, también; dame algo por adelantado, y yo lo voy a conseguir para ti perfectamente y con descuento."



"Por qué sigues hablando conmigo de tu ´después de muerto,´" le grité enojado. "Quiero un poco de tierra en Palestina, quiero cavarla, y sembrarla, y plantarla..."


"¿Ha? ¿Qué? ¡¿Sembrarla y plantarla?! Eso es... eso es... eso sólo quiere decir... que todas las pesadillas...!" y tartamudeando así, puso toda la tierra desparramada, poco a poco, en su bolso, gradualmente se fue acercando a la puerta, y - se fue!



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