sábado, junio 23, 2007

Cuento - Tierra de Palestina (Cuarta Parte)

Cuento judío - Primera parte, Segunda parte, Tercera parte.



Cuarta parte



No pasó mucho tiempo antes de que el pueblo empezó a hervir y burbujear como una pava en el fuego, todos estaban afectados como por alguna desgracia, furiosos conmigo, y más con ellos mismos: "¿Cómo pudimos estar tan equivocados? No quiere comprar tierra de Palestina, no le importa lo que le pase cuando se muera, se ríe - él sólo quiere comprar tierra en Palestina, y poner aldeas allí."



"¡Eh-eh-eh! El sigue siendo uno de ellos! El es lo que es - ¡un escéptico!" así decían en todas las calles, todos los caseros en el pueblo, las mujeres en el mercado, en el baño, iban como abstraídos, y tan furiosos como si yo los hubiera insultado, los hubiera tomado de tontos, los hubiera engañado, y de pronto se pusieron fríos y distantes conmigo. No se vio más a los judíos piadosos en mi casa. Recibí paquetes de Palestina uno tras otro. Uno tenía un sello negro, en el que estaba rasqueteado un cuerno de cabra negro, y adentro, en grandes letras, había una prohibición de la Brisk Rebbetzin, por mi deseo de hacer a todos los judíos infelices. Otros paquetes eran de diversos mendigos palestinos, que trataban de obligarme, con buenas y malas palabras, a enviarles dinero por sus gastos de viaje y por las muestras de tierra que habían enviado. Mis compadres del pueblo también recibieron paquetes de "allá," advirtiéndoles contra mí - que yo era un hombre peligroso, un misionero, y que era una mitzvá [N. "precepto"] vengarse de mi. Hubo un alboroto, y ¡no es de extrañar! Una carta de Palestina, escrita en Rashi, con un gran sello! En resumen debían avergonzarme y turbarme. Todo el mundo me evitaba, nadie se acercaba a mí. Cuando la gente estaba obligada a venir a mí por cuestiones de dinero o pedir caridad, entraban con respeto, y hablaban con deferencia, en una voz gentil, como con "uno de ellos," tomaban la limosna o el dinero, y se iban por la puerta, detrás de la cual me insultaban, como de costumbre.



Sólo Yudel no me abandonó. Yudel, el "huérfano viviente," estaba desconcertado y perplejo. Tenía mucho trabajo, corría de una casa a la otra, escuchando, mendigando, y pasando historias, contestando y haciendo preguntas; pero no podía resolver la cuestión en su propia mente: ahora me miraba con enojo, y otra vez con lástima. Parecía desear no encontrarse conmigo, y aún así buscaba la oportunidad para hacerlo, y miraba con gran seriedad en mi rostro.



La excitación de mis vecinos y su comportamiento me interesaba muy poco; pero realmente quería saber la razón por la cual de repente yo me había transformado en repugnante para éllos. No podía entenderlo de ninguna manera.



Una vez vino una noche oscura y salvaje. El cielo estaba cubierto de nubes negras, había una lluvia que empapaba y granizo y un viento tempestuoso, estaba completamente oscuro, y había relámpagos y truenos, como si el mundo se estuviera volviendo del revés. Los enormes truenos y el granizo rompieron las ventanas de una gran cantidad de gente, el viento arrancó los tejados, y todo el mundo se escondió dentro de su casa, o dondequiera que encontraba una esquina. En esa noche oscura y terrible mi puerta se abrió, y entró -Yudel, el "huérfano viviente"; se veía como si alguien lo estuviera empujando de atrás, conduciéndolo. Estaba tan blanco como la pared, encogido, golpeado, indefenso como una hoja.



Entró, y se paró al lado de la puerta, sosteniendo su sombrero; no podía decidirse, no sabía si tenía que quitárselo, o no. Nunca lo había visto tan desdichado, tan desesperado, en todos los años desde que lo conozco. Le pedí que se siente, y parecía un poco callado. Vi que estaba chorreando agua, y temblando de frío, y le di te caliente, un vaso tras otro. Lo sorbió con gran placer. Y la vista de él sentado allí sorbiendo y calentándose hubiera sido muy cómica, sólo que era tan triste. Las lagrimas vinieron a mis ojos. Yudel comenzó a iluminarse, y pronto ya era Yudel, el mismo de siempre, otra vez. Le pregunté que ¿cómo era que había venido a mi en tal estado de tristeza y desconcierto? me dijo que el trueno y el granizo habían roto todas las persianas en su alojamiento, y que el viento se había llevado el techo, no había ningún lugar al que podía ir para refugiarse; nadie lo iba a dejar entrar a la noche; no había un alma al que podía dirigirse, no le quedaba nada más que tirarse en la calle y morir.



"Así que," dijo, "conociéndote hace tanto, esperaba que tu me acogieras, aunque tu eres ´uno de ellos,´ nada piadoso, y, así dicen, lleno de malas intenciones contra los judíos y el judaísmo; pero yo se que eres un buen hombre, y vas a tener compasión de mí."



Le perdoné a Yudel su rudeza, porque sabía que era un hombre franco, que le gustaba hablar, pero que nunca hizo ningún daño. Viéndolo deprimido, le ofrecí un vaso de vino, pero lo rechazó.



Entendí la razón de su rechazo, y comencé a conversar con él.



"Dime, Yudel querido, ¿cómo es que yo he caído en tan mala reputación entre ustedes, que ustedes no van a tomar ni siquiera una gota de vino en mi casa? ¿y por qué dices que yo soy ´uno de ellos,´ y no piadoso? Hace poco tiempo hablabas distinto de mi."



"¡Ett! se me resbaló la lengua simplemente, y la verdad es que tu puedes ser lo que quieras, eres un buen hombre."



"No, Yudel, ¡no trates de salirte de esta! Dime abiertamente (no me importa, pero tengo curiosidad de saber), ¿por qué esta repentina repulsión sentida hacia mi, este cambio de opinión? Dime, Yudel, te lo ruego, ¡habla libremente!"



Mis palabras gentiles y mi amabilidad le dieron a Yudel gran aliento. ¡El pobre hombre, con quien nadie de "ellos" todavía le ha hablado amablemente! Cuando vio que yo era sincero, comenzó a rascarse la cabeza; parecía como si en ese minuto me perdonó todas mis "herejías," y me miró bondadosamente, como con lástima. Entonces, viendo que yo esperaba una respuesta, se retorció una peie y dijo gentil y sinceramente:



"Deseas que te diga la verdad? ¿Insistes con ello? ¿No te ofenderás?"



"Tu sabes que nunca me voy a ofender de nada que tu digas. Di cualquier cosa que quieras, Yudel querido, sólo habla."



"Entonces te lo voy a decir: el pueblo y todo el resto de la gente está muy enojada contigo por tu tierra de Palestina: querías hacer algo nuevo, comprar tierra y trabajarla y sembrar - ¿y dónde? en nuestra tierra de Israel, ¡en nuestra Santa Tierra de Israel!"



"¿Pero por qué, Yudel querido, cuando pensaban que yo estaba comprando tierra de Palestina para cubrirme con ella después de muerto, me miraban como si fuera un santo?"



"¡E, eso es otra cosa! Eso mostraba que tu considerabas a Palestina santa, como una tierra cuyo suelo lo preserva a uno de ser comido por los gusanos, como todo otro judío honesto."



"Bueno, te pregunto, Yudel, ¿qué significa todo esto? Cuando pensaban que yo estaba comprando arena para después de mi muerte, yo era un hombre santo, un amante de Palestina, y porque quiero comprar tierra y labrarla, tierra en tu Tierra Santa, nuestra tierra santa en la Tierra Santa, en la cual los mejores y más grandes de los nuestros tuvieron el privilegio de vivir, soy una mancha en Israel. Dime, Yudel, te pregunto: ¿Por qué, si uno quiere cubrirse con tierra de Palestina después de muerto, uno es un judío ortodoxo; y cuando uno desea entregarse completo a Palestina en vida, uno tiene que ser ´uno de ellos´? Ahora te pregunto a tí - todos esos judíos palestinos que vinieron a mí con sus bolsas de arena, y que eran mis buenos amigos, y llenos de ansiedad por preservar mi cuerpo despué de muerto, ¿por qué se han vuelto contra mi al escuchar que deseaba un poco de tierra de Palestina donde vivir? ¿Por qué, porque deseo proveer para mi triste existencia, han hecho tanto tumulto fuera de que soy un misionero, y han inventado historias sobre mí? ¿Por qué? Te pregunto, ¿por qué, Yudel, por qué?"



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