viernes, abril 13, 2007

Sobre este pueblo judío mío

De Zeev Maghen, "Imagina: sobre el amor y Lennon", en Nuevos Ensayos sobre el Sionismo, (Inglés: New Essays on Zionism, ed. by David Hazony, Yoram Hazony and Michael B. Oren, Shalem Press, Israel)

[...] Vos tenés la oportunidad de extender tus horizontes más lejos de lo que el ojo puede ver, más lejos que cualquier mente individual puede percibir, más lejos de lo que cualquier corazón desafectado puede sentir. Vos podés llegar más allá de tus muros individuales, entre la vida y la muerte, y palpar la inmortalidad. Podés tomar, podés atiborrarte, de las experiencias, conocimientos, y fuego inextinguible acumulado de los múltiples siglos que te precedieron. Podés pararte más alto que el Everest sobre los hombros de cien generaciones, y por eso ver años luz más lejos en el futuro que aquellos que se han atado a la tierra, a nivel del mar, y no pueden ver más allá de sus narices en ninguna dirección. En una palabra: podés ser INMENSO.



¿Cómo hace uno todo eso? Despues de todo, vos personalmente naciste bastante recientemente. No habías existido, construido, trepado, caído, perdido, ganado, llorado, alegrado, creado, aprendido, debatido, amado, y luchado por miles de años. Sin embargo: vos al parecer tuviste suerte. Como judío, sos un miembro distinguido de una nación que ha hecho todas esas cosas, y algunas más. Tenés ojos especiales, ojos que pueden ver por millas y millas. Si sólo lo querés - suficiente como para trabajar por eso - podrás extender tus brazos y tocar los eones y los milenios, podés absorber la sabiduría y disfrutar de la gloria y retorcerte en el dolor y tomar del poder que emana de cada era y cada episodio y cada experiencia de tu gente indomable, indestructible, obstinadamente eterna.



Esta no es una habilidad adquirida sólamente a través del aprendizaje o la lectura (aunque este es un ingrediente importantísimo, me apresuro a agregar); es primero y más que nada un función de conexión, de pertenencia, de amor poderoso. Si extendés y tomás las manos de tu gente - vos estuviste allí. Participaste en lo que ellos hicieron, en todos los lugares y en todos los tiempos, peleaste sus batallas, sentiste sus sentimientos y aprendiste sus lecciones. Cuidaste a los rebaños con Raquel, y fuiste esclavo en la casa de Potifar con José; cantaste en el desierto con Miriam, y tiraste abajo las montañas de Jericó con Josué; llevaste los primeros frutos al Monte del Templo, y fuiste encantado por Elías en la falda del Carmel; tiraste la casa abajo sobre los Filisteos con Sansón, y lamentaste tu juventud perdida en las montañas con la hija de Jefta; peleaste con las carrozas de Hatzor bajo Débora, y bailaste frente al Arca ascendiente con David; fuiste al exilio con el profeta Jeremías, y colgaste tu arpa y lloraste junto a los ríos de Babilonia; desafiaste a la divinidad de Nabucodonosor con el coraje y la astucia de Daniel, y destruiste el poderío de la Persia imperial con la sabiduría y belleza de Ester; buscaste la comunión con el infinito con Simón Bar Yojai, y estudiaste ley y tradición en los viñedos de Yavne con Elazar ben Araj; estuviste con Judá el Macabeo en Modiin, con los Zelotes en Masada, con Akiva en las cámaras de tortura romanas, y con Bar Kojba en Beitar; le dedicaste tu vida a la Torá en Sura y Pumpedita, y filosofaste a la vera del Nilo en Fustat con el círculo de Maimónides; fuiste crucificado por rechazar la cruz en las Cruzadas, y convertido en cenizas por tu tenacidad en los autos-de-fe, fuiste exiliado de las costas de España por Isabel, y perseguida y violada por las hordas de Jmelnitzky; saliste a los campos de Tzfat para recibir a la novia del Shabat con Luria, y te metiste en las cabañas de Galicia para buscar el éxtasis con el ferviente Baal Shem Tov; escapaste de las Centurias Negras a través de las estepas rusas, y fuiste bienvenido por Lázaro a las puertas de Ellis Island; marchaste a las cámaras de gas en Bergen Belsen, y fuiste arrojado vivo a las llamas en Matthausen y Sobibor; te tiraste en paracaídas en Hungría con Hanna Senesh, y te rebelaste en Varsovia con Mordejay Anielewicz; fuiste fusilado con tu familia en los bosques de Polonia, y cavaste una fosa común y pereciste allí en Babi Yar; reviviste tu lengua muerta, resucitaste tu fuerza minada, volviste a vos mismo y renovaste el pacto caduco, te levantaste como un león y labraste tu libertad en las planicies y las montañas de tu vieja-nueva tierra.



En todo eso y mucho más, estuviste allí con ellos - y ellos están con vos aquí.[...]