sábado, enero 06, 2007

Experiencia milenaria - Millenary experience

(An article in Spanish I wrote several months ago regarding the potential civil war in Gaza - It seems I was right. But betting for the worst is a sure win in the Middle East).


A la luz de lo que está pasando últimamente en los territorios palestinos con las luchas entre el Fatah y el Hamas, me acordé de un artículo que había escrito en Febrero de 2006, cuando todavía nada de esto había sucedido, y apenas lo que se insinuaba era que los grupos terroristas palestinos estaban usando el tiempo para juntar armas. Lo mandé a una revista, más o menos así como está, y no fue publicado. Se me ocurrió que nunca más actual que ahora. Y por supuesto, nosotros también podemos aprender.


Experiencia milenaria - Febrero de 2006

“Pasaban sus días en sangre, sus noches, todavía más espantosas en terror…y todavía peor que las historias de las atrocidades cometidas era el suspenso causado por la amenaza de los males por venir”



(Flavius Josephus, Battle of the Jews, II, 45lff)


El cambio abrupto en las relaciones de poder entre el Fatah y el Hamás, la existencia de grupos pequeños y radicalizados que no responden a los ciudadanos como la Jihad Islámica y el Frente Popular para la Liberación de Palestina (PFLP), la continua entrada de armas de todo tipo por la frontera entre Gaza y Egipto, la catástrofe económica provocada por una situación de inestabilidad permanente, todas estas cuestiones pintan de negro el futuro inmediato de los palestinos.



El panorama se torna aún más desgraciado si se toman en cuenta otros dos factores: la vida palestina está descendiendo a un grado de violencia extremo, con facciones armadas que disputan por espacios de poder, empleos y magros beneficios económicos. Los arreglos de cuentas en esa caldera a presión que es la ciudad de Gaza son del orden del día, tanto como la matanza sin juicio previo de funcionarios acusados de corrupción, de personas acusadas de colaborar con Israel, y de todo aquel que se opone a que usen su patio para disparar misiles contra Israel. La cultura de odio que se genera y que se fomenta concientemente desde el sistema educativo, desde las mezquitas, desde las organizaciones asistenciales del Hamás, y desde los campamentos semi-militares para niños, que santifica la muerte por la Jihad, y que por ahora se dirige contra Israel, puede volverse como un boomerang contra ellos mismos.



Contaba David C. Rapoport, estudioso del terrorismo y de los movimientos fundamentalistas judíos del siglo I. d.C. en un artículo publicado en 1979 y titulado “Terror y el Mesías”, importantes aspectos del levantamiento judío contra Roma, el cual fue aplastado y a raíz del cual el Templo de Jerusalén fue destruido y los judíos exiliados de su patria. Los judíos estaban divididos en muchas facciones. Estaba la monarquía judía que intentó mediar entre los judíos, los griegos y los samaritanos y que cayó al principio ante los extremistas por su posición moderada. También habían sacerdotes moderados que comandaban fuerzas irregulares judías, y que a pesar de tomar las armas estaban dispuestos a llegar a un compromiso con los romanos, y finalmente estaban los extremistas que dirigían a un sector que había adoptado un pensamiento mesiánico. De estos últimos, había varias organizaciones de Celotas (de aquí viene la palabra “celo” religioso) y por lo menos dos de Sicarii (de aquí la palabra “Sicarios” que se usa en la actualidad para describir a los asesinos a sueldo). Los Sicarios se encargaban de sembrar el terror, asesinando con una daga a los líderes moderados en medio del público durante las fiestas sagradas. Luego desaparecían sin dejar rastro. Fueron los antepasados de los terroristas. Al derramar sangre durante las fiestas, rompían un tabú religioso muy importante, y hacían sentir pánico a todos, ya que el golpe podía venir en cualquier momento y no había ningún momento seguro. Y por supuesto estaba el resto del pueblo judío, que iba a aprender muy rápidamente lo que significa “perderlo todo”.



Rapoport cuenta que las múltiples organizaciones extremistas judías competían entre sí por la comisión del crimen más atroz, y de esa manera probar la superioridad de su compromiso con el levantamiento y con Dios. No fue la opresión romana la que causó la gradual desintegración y caída del reino judío, sino paradójicamente el aumento en las expectativas judías de obtener la victoria total sobre los romanos, expectativas que crecían más, cuanto más los romanos ofrecían para calmar la situación e irónicamente cuanto menos ayuda del exterior los judíos podían realmente esperar. El reino Parto que lindaba con los territorios romanos y que tenía una gran cantidad de judíos, finalmente no intervino a favor de estos. La falta de ayuda parta los volvió incluso más radicales, sus esperanzas depositadas totalmente en la ayuda sobrenatural.



El pensamiento mesiánico que se hizo dueño de los judíos Celotas y Sicarios los llevó a depender de la idea de que Dios iba a intervenir en la batalla si su fe era lo suficientemente fuerte y si no tenían escrúpulos en derramar la sangre del enemigo. Ciudades enteras fueron presas de la violencia indiscriminada entre judíos y griegos y los judíos masacraron a la guarnición romana de Jerusalén luego de que ésta se hubiera rendido y los soldados depuesto las armas. El concepto de “martirio” por la fe nace aquí, un sacrificio personal asociado a la disposición a matar a todos los enemigos. La fuente religiosa de donde sacaban inspiración los extremistas eran los hechos de Pinjás, sumo sacerdote en los tiempos de Moisés, que según cuenta la Torá, había salvado al pueblo de Israel de una plaga que lo aquejaba, matando con una daga a un jefe tribal que tenía relaciones sexuales con una mujer mohabita. En la Torá, Pinjás es uno de los pocos que reciben una recompensa personal directamente de Dios. Los sicarios adoptaron el ritual de matar con una daga a sus enemigos, en la creencia de que a través de la Guerra Santa ganarían la inmortalidad.



Y cuando eran capturados, cuenta Flavius Josefus:

“Sometidos a toda forma de tortura y sufrimiento corporal que puede ser imaginado con el objetivo de que reconozcan al César como Señor, ninguno de los hombres se rindió o estuvo cerca de decirlo […] pero nada asombraba más a los espectadores que el comportamiento de los niños; porque ninguno podía ser obligado a llamar Señor al César. Tanto la fuerza de un espíritu valiente prevalecía sobre la debilidad de sus pequeños cuerpos.”


Pero el mismo mesianismo que a sus ojos los hacía fuertes, y a los romanos en muchos casos espantaba, los llevó a rechazar todas las ofertas de paz y enfilar inexorablemente hacia la derrota. Cuanto más desesperada era la situación, más cerca de la ayuda de Dios les parecía estar. Hasta que al final, con la misma saña con la que se enfrentaron a los romanos, se volvieron contra ellos mismos en Jerusalén y en Masada y se mataron entre sí.



El final de la soberanía judía en Palestina creó un trauma en la conciencia judía que le prohibió hasta mediados del siglo XX volver a considerar recurrir a la violencia para resolver cuestiones políticas. Cuando Menahem Begin, líder del Irgún, llevó a cabo su campaña contra la presencia inglesa en Palestina, tenía bien presente el ejemplo histórico de Masada, la fortaleza suicida judía y se impuso límites en el uso de la violencia. El primer límite fue nunca atacar a otros judíos. El no deseaba provocar una guerra civil entre los judíos como la que los había debilitado frente a los romanos. Su resolución se puso a prueba cuando en 1944 el Haganá dirigido por David Ben Gurión, comenzó a secuestrar, golpear e incluso entregar a los ingleses a los miembros del Irgún. Begin se negó a tomar represalias, y la guerra civil no se desató. Otro límite que generalmente Begin respetó fue dirigir sus ataques sólo contra blancos militares, evitando atacar objetivos “blandos”, como concentraciones de civiles, para evitar despertar la indignación de las autoridades inglesas y de los mismos judíos. El Irgún desarrolló un efectivo método de alarma para advertir al enemigo que debía evacuar civiles de ciertas áreas, y atendió las heridas de los soldados capturados. En cierto modo, el Irgún observó las reglas de la guerra.



Los palestinos podrían aprender bastante de la historia judía, tanto de las luchas contra los romanos como contra los ingleses tanto con respecto a la unidad como con respecto al uso y abuso de la violencia. Es ilógico pensar que un sistema político en el que el reconocimiento entre los grupos se basa en quién comete el atentado más abominable pueda transformarse de golpe en una sociedad normal y democrática. La entrada sin fin de armas a Gaza y la actual competencia violenta aunque puntual entre los grupos terroristas por la supremacía sólo puede terminar trágicamente cuando las energías gastadas en fútiles ataques contra Israel se vuelvan hacia adentro. En tal caso, es posible prever que la ola de refugiados provocados por la guerra civil palestina va a ser imparable, y Egipto (y quizás Jordania) se van a encontrar con un grave problema humanitario entre las manos, mientras las batallas facciosas rugen en las calles de Gaza y Nablus.



El fanatismo y la justificación de los crímenes de los Sicarios por la idea de la Guerra Santa provocaron entre los judíos del siglo I d.C. una espiral de barbarie, donde todos los límites de violencia se cruzaron y las atrocidades se fueron amontonando. El actual ritual de los hombres bomba palestinos, con su filmación anterior al ataque, su Korán y Kalashnikov en la mano, la última comida, el baño de purificación y su creencia en la recompensa divina por llevar a cabo el ataque, refleja directamente el asesinato ritual inspirado por la religión de los Sicarios, los cuales usaban el mismo arma que el personaje bíblico. Las justificaciones teológicas de los actos terroristas son similares.



Las organizaciones radicales palestinas comparten con los fundamentalistas judíos del siglo I d.C. el rechazo a todo tipo de compromiso, de paz negociada, de justicia a través de la renuncia mutua a sus aspiraciones maximalistas. Asimismo, la creencia de que antes que todo mejore, todo tiene que estar peor, caracteriza generalmente a los movimientos mesiánicos. Pero éstos en última instancia siempre serán derrotados, porque la vida continúa sin jamás proveer la deseada intervención divina. Exaltar la idea del sacrificio, del martirio, la participación de los niños en la violencia, todo eso, como vimos, no es nada particular de los palestinos, los musulmanes o los árabes. Pero no hay que olvidar que es una receta probada para crear una sociedad orientada a la muerte, no a la vida, una sociedad que no tiene un futuro normal, y que ya una vez desembocó en la Diáspora.



Notes:



David C. Rapoport, “Terror and the Messiah”, in The Morality of Terrorism. Religious and Secular Justifications, Ed. By David C. Rapoport and Yonah Alexander, Second Edition, Columbia University Press, New Cork, 1989.